Un poco de luz para el futuro de Europa: 5 motivos para el optimismo

El Consejo Europeo más largo de la Historia se ha saldado con un acuerdo positivo, con aristas y alguna sombra, pero bastantes más luces. Existen al menos cinco motivos para el optimismo.

En primer lugar, se ha mantenido el importe del Plan de Recuperación para Europa en 750.000 millones de euros (aunque su composición haya variado sustancialmente) y el marco financiero plurianual se ha quedado en 1,074 billones, no lejos de la propuesta inicial de la Comisión. Un Fondo de Recuperación minúsculo o un presupuesto plurianual endeble habrían sido un error económico de nefastas consecuencias.

En segundo lugar, los sacrificios en el Plan de Recuperación han sido duros, pero han sido los más sensatos. Las transferencias del denominado Mecanismo de Recuperación y Resiliencia -que financiará proyectos de inversión digital y medioambiental y reformas estructurales- se han mantenido intactas, algo imprescindible para no elevar el endeudamiento de los Estados miembros hasta niveles percibidos como insostenibles por los mercados financieros. Se ha reforzado la parte de préstamos de este mecanismo a cambio de renunciar a las transferencias en otras partidas del Plan. Algunos recortes son particularmente preocupantes, como los de investigación del programa Horizon EU (quizás lo peor: gasto en I+D no es algo que precisamente le sobre a la UE); los mecanismos de compensación para el ajuste regional e industrial derivados de la transición medioambiental (desarrollo rural y Fondo de Transición Justa) o el denominado Instrumento de Apoyo a la Solvencia para compensar las distorsiones en el mercado único generadas por las ayudas de Estado. Otros, como las garantías para inversiones en sectores y cadenas de valor estratégicos o para garantizar la autonomía sanitaria, sonaban bien, pero no eran fáciles de implementar con éxito. Finalmente, el complemento para las políticas de vecindad y de cooperación estaba totalmente justificado, pero la ayuda exterior suele caer en épocas de escasez. En suma, se ha primado la recuperación y reformas de los Estados miembros a cambio de sacrificar parte del potencial de crecimiento, autonomía e influencia política de la UE. Lo urgente ha reemplazado a lo importante.

En tercer lugar, la UE ha demostrado que en esta crisis no sólo la Comisión, el Parlamento y el Banco Central Europeo han estado a la altura, sino también el Consejo, que ha sabido lanzar al mundo el mensaje apropiado: las crisis europeas (y mundiales) requieren soluciones europeas. Se mire como se mire, emitir 750.000 millones en deuda conjunta es un auténtico hito en la historia de la integración europea. Aunque pocos quieran verlo desde el punto de vista político como un embrión de política fiscal común, desde el punto de vista económico lo es. Ha sentado un precedente (al igual que lo sentó la aprobación de una línea de crédito del MEDE sin más condicionalidad que la de destinar su importe a gasto sanitario), y los precedentes son muy importantes en una Unión con gran sesgo jurídico.

En cuarto lugar, las negociaciones han permitido vislumbrar grandes divergencias dentro de los Estados miembros, pero siempre desde un espíritu constructivo. Los denominados «países frugales» han tensado la cuerda al máximo, pero no se han levantado de la mesa y han terminado aceptando un fuerte control del uso de los fondos sin llegar al veto y una reducción de las transferencias sin llegar a su inoperancia. Hay quien ha llevado la crítica a otros países hasta extremos exagerados, pero el acuerdo demuestra que, cualquiera que sea la visión europea, siempre puede haber puntos de encuentro. A fin de cuentas, el tiempo lo cura todo, y la Historia no recordará tanto la rigidez de algunos como la generosidad de Alemania y otros países del norte.

En quinto lugar, el acuerdo ha logrado algo esencial de cara al futuro: que las reformas estructurales y la sostenibilidad a largo plazo de las finanzas no sean percibidas como un arma política arrojadiza, siempre que se discutan entre todos. Aunque el desembolso de los fondos estará finalmente sujeto a un escrutinio reforzado, individualmente ningún país podrá imponer su visión de política económica (en última instancia, el Consejo podrá decidir por mayoría cualificada). Esto permitirá acometer las reformas como lo que son: una forma de hacer más fuertes las economías europeas, en beneficio de todos. Y no lo olvidemos: cuanto más sólidas sean las políticas fiscales de los Estados miembros, más fácil será avanzar en la unión fiscal.

Queda mucho por hacer, y no son pocos los riesgos, pero al menos hoy podemos decir que -esta vez sí- la Unión Europea ha reaccionado con decisión ante una crisis global. Ya sólo queda que los Estados miembros, sus gobiernos, su clase política y sus ciudadanos demuestren que también están a la altura del desafío.

 

 

Expansión.com «Un poco de luz para el futuro de Europa: 5 motivos para el optimismo» (22/07/2020)

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